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Geopolítica e invitación: patrocinio estratégico, restricción externa y efectos sobre la trayectoria argentina

  • Foto del escritor: Mg. Nicolas E. Salvoni
    Mg. Nicolas E. Salvoni
  • 19 abr
  • 18 min de lectura

Actualizado: 23 abr


Las explicaciones convencionales sobre el desarrollo suelen tener una comodidad implícita al atribuir las responsabilidades, casi por entero, dentro de las fronteras nacionales. Así, las explicaciones respecto a por qué se desarrollan los paises suelen enfocarse en cuestiones como la toma de buenas decisiones por parte de sus élites, del diseño de instituciones eficaces o la aplicación en el tiempo de políticas razonables. Si su sendero de desarrollo, en cambio, se ve truncado, se suele atribuir el fallo a cuestiones como el desorden interno, cortoplacismo, políticas económicas pobres o mala praxis estatal. Esta mirada de todos modos puede resultar útil hasta cierto punto ya que la política interna nunca puede escindirse de los resultados agregados. El problema con esta visión es cuando con ella se pretende explicar comparativamente trayectorias nacionales que se desenvolvieron en contextos geopolíticos radicalmente diferentes. 1

Si nos detenemos a analizar senderos de desarrollo exitosos y truncos en el marco de la Guerra Fría, ese tipo de explicación resulta insuficiente, ya que, si bien las decisiones internas continuaron siendo factor explicativo de muchas cuestiones relacionadas a la performance económica, los países transitaron estos procesos en entornos estratégicos muy diferentes. Algunos países fueron considerados piezas demasiado relevantes como para permitir su caída, su estancamiento o su desplazamiento fuera del bloque occidental. En esos casos, Estados Unidos proveyó seguridad, financiamiento, acceso a su mercado, ayuda directa o tolerancia estratégica a procesos de industrialización que, en otros lugares, nunca habrían recibido un entorno semejante.1,2

Parte de la literatura latinoamericana que retoma los trabajos de Medeiros y Serrano llama a eso “desarrollo por invitación”.1,2 La expresión resulta útil porque permite escapar de dos simplificaciones habituales: por un lado, la idea de que los casos exitosos de la posguerra respondieron mayormente a una correcta implementación de praxis económica; por otro, la noción naive de que detrás del respaldo brindado por Estados Unidos hacia algunos países existió algún tipo de motivación filantrópica separada de las necesidades estratégicas de la súper potencia. La invitación no respondió a la filantropía de las potencias, sino a un cálculo estratégico: allí donde a Washington le convenía contar con aliados prósperos, estables y técnicamente avanzados, aparecieron condiciones externas excepcionales.

La hipótesis de este artículo es que durante la Guerra Fría la geopolítica fue tan o más determinante que la política económica interna para definir qué países dispondrían de oportunidades ampliadas de desarrollo y cuáles no. Las capacidades domésticas siguieron importando, y mucho, pero la geopolítica definió los márgenes dentro de los cuales esas capacidades podían desplegarse. La comparación entre Alemania Occidental, Japón, Corea del Sur y Taiwán, por un lado, y buena parte de América Latina, por el otro, permite ver con claridad esa diferencia. El caso argentino resulta especialmente útil porque combina una trayectoria industrial real con una exclusión relativa de ese patrocinio estratégico.1,2,16


Relevancia geopolítica y desarrollo

La dimensión geopolítica del desarrollo suele quedar subestimada cuando el problema se piensa en clave exclusivamente económica.1 El punto es importante porque el desarrollo no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de un sistema internacional jerárquico, atravesado por relaciones de poder, por disputas interestatales y por diferentes grados de autonomía o dependencia. En ese marco, las oportunidades de industrialización, financiamiento, acceso tecnológico y expansión exportadora no se distribuyen de manera neutral.

 

La tradición estructuralista latinoamericana ya había advertido que el centro no se expande para desarrollar a la periferia, sino para integrarla de una forma funcional a sus propios intereses.1 La novedad del argumento sobre el desarrollo por invitación consiste en mostrar que, bajo ciertas condiciones históricas, los Estados centrales pueden promover activamente el ascenso de algunas economías periféricas o semiperiféricas si eso sirve a un objetivo estratégico mayor.

Por eso conviene leer el desarrollo por invitación como una excepción estratégica dentro de las relaciones económicas internacionales, y no como un funcionamiento generalizable al conjunto del sistema. Merino lo formula con claridad al señalar que el caso de Alemania y Japón, luego de la Segunda Guerra Mundial, no refuta la dinámica centro-periferia sino que ayuda a entenderla: se trató de un ascenso tutelado, impulsado por Estados Unidos como parte de la contención de la URSS y acompañado por límites claros a la autonomía político-militar de esos países.1

El concepto también tiene un alcance preciso porque no toda trayectoria ascendente en la periferia o la semiperiferia respondió a una lógica de patrocinio externo. La propia discusión geopolítica del desarrollo incluye trayectorias de otro tipo, como la china, asociadas a escala continental, capacidad político-estatal y explotación de contradicciones del sistema internacional más que a patrocinio directo de una superpotencia rival.1 Justamente allí reside su utilidad: la categoría no reduce toda experiencia de desarrollo a un apéndice de Washington, pero sí permite identificar aquellos casos en los que la asistencia estratégica externa tuvo un peso demasiado grande como para quedar relegada a un factor secundario.

La idea también sirve para corregir una simplificación muy instalada en los debates locales. Los casos exitosos de Asia oriental no pueden interpretarse como expresiones espontáneas de libre mercado, pero tampoco como simples productos de subsidios externos; su trayectoria combinó oportunidad geopolítica, dirección estatal y capacidades internas efectivas. Hubo una oportunidad geopolítica extraordinaria, pero también hubo Estados capaces de organizarla, administrar tensiones sociales, orientar el crédito, sostener prioridades productivas y disciplinar coaliciones internas.3,9


¿Qué convierte a un país en geopolíticamente relevante?


En este artículo, la relevancia geopolítica remite a algo más específico que la mera importancia internacional de un país. Casi toda región del mundo importa de alguna manera para alguna potencia. La cuestión decisiva pasa por establecer si a una potencia le resulta necesario que un país determinado se vuelva estable, próspero, tecnológicamente competente y políticamente exhibible. Lo central no es solo el valor de ese territorio en abstracto, sino la conveniencia estratégica de su éxito.13,14

El patrocinio que una potencia lleve adelante sobre un país en vías de desarrollo puede responder a diversas razones y, sobre todo, operacionalizarse de modos muy diferentes. En Europa occidental, por ejemplo, la reconstrucción de Alemania Occidental resultaba funcional a la estabilidad del continente y a la contención de la expansión soviética. En Asia oriental, Japón pasó a ocupar un lugar central como plataforma logística e industrial de apoyo a la proyección militar estadounidense tras la revolución china de 1949 y, sobre todo, en el contexto de la Guerra de Corea. Del mismo modo, en Corea del Sur y Taiwán, el fortalecimiento económico cumplía una función política más amplia: mostrar, en territorios directamente expuestos a la confrontación con el bloque socialista, que el orden capitalista podía ofrecer estabilidad, crecimiento y legitimidad. En esos contextos, el desarrollo dejaba de depender exclusivamente de variables domésticas y pasaba a integrarse como un objetivo consistente con la gran estrategia estadounidense.1,2

Los mecanismos por los que eso ocurre son bastante concretos. El primero es el paraguas de seguridad: un país protegido por una potencia hegemónica no elimina sus gastos de defensa, pero reduce drásticamente su vulnerabilidad estratégica y puede planificar en un horizonte mucho más estable.6,7,9 El segundo es el desplazamiento de la restricción externa: acceso a divisas, préstamos blandos, ayuda directa o provisión de importaciones esenciales para sostener inversión y aprendizaje industrial.2,5,11

El tercero es el acceso al mercado estadounidense, clave en la inmediata posguerra cuando el peso relativo de la economía norteamericana era incomparablemente mayor. El cuarto es la creación directa de demanda, como sucedió con las compras militares de la Guerra de Corea que dinamizaron a Japón o con la lógica de rearme y abastecimiento en la península coreana. El quinto es la paciencia estratégica: la disposición a tolerar formas de intervención estatal, protección selectiva o industrialización dirigida que en otros contextos podían ser objetadas, pero que aquí resultaban funcionales al objetivo geopolítico más amplio.7,8,12

Este punto ayuda a revisar un lugar común del debate argentino. Muchas veces se discute el desarrollo como si dependiera solo de "hacer bien las cosas" puertas adentro. Pero un país puede diseñar mejores políticas y, aun así, chocar contra un entorno internacional que le niega mercado, divisas, tecnología o protección estratégica. La geopolítica no reemplaza la responsabilidad interna pero sí altera las condiciones bajo las cuales esa responsabilidad puede transformarse en resultados concretos. Esa es la diferencia entre competir bajo un contexto de invitación o de exclusión.


El mapa de los invitados

Alemania y Europa occidental ocuparon un lugar central en la planificación estadounidense ya que el Plan Marshall se convirtió en piedra angular de la política de doble contención hacia la URSS y hacia Alemania misma.4 Gérard Bossuat, por su parte, recuerda que el Programa de Reconstrucción Europea fue considerado por los contemporáneos un factor esencial en el éxito económico de la Europa occidental de posguerra, financió importaciones decisivas para reconstrucción y modernización, y además dio origen a la OECE, es decir, a una institucionalidad directamente asociada a la coordinación económica europea.5

En el caso alemán conviene evitar simplificaciones. El Plan Marshall no explica por sí solo su desarrollo, aunque no puede considerarse un factor marginal. Alemania recibió alrededor de US$ 1.297 millones en subvenciones dentro del programa, y su recuperación se desplegó dentro de un sistema político-militar que la integró al bloque occidental bajo protección aliada.5 La presencia de tropas extranjeras, en particular estadounidenses, fue un componente integral de la política de defensa de la República Federal y una condición importante para la aceptación de la recuperación alemana en Europa.6 La dimensión económica y la dimensión estratégica estaban entrelazadas.

apón siguió otra variante del mismo patrón. El Departamento de Estado resume que la ocupación estadounidense introdujo reformas profundas, entre ellas reforma agraria, intento de desmantelar los zaibatsu y una nueva constitución.7 Pero el punto decisivo apareció cuando la expansión comunista en Asia reordenó prioridades. El debilitamiento económico japonés empezó a ser percibido como riesgo político, y la Guerra de Corea transformó a Japón en la principal base de abastecimiento de las fuerzas de la ONU.7

Las compras especiales ligadas a la Guerra de Corea fueron uno de los factores clave de la economía japonesa de los años cincuenta: aportaron una fuerte entrada de divisas, financiaron importaciones de materias primas y de maquinaria, y ayudaron a preparar el terreno para el crecimiento acelerado posterior.8 A la vez, Japón quedó firmemente incorporado al perímetro defensivo estadounidense en Asia, con bases y pacto bilateral de seguridad.7,8 La invitación al desarrollo japonés fue, en ese sentido, inseparable de su integración subordinada al orden estratégico de Estados Unidos.

Corea del Sur es el ejemplo de país que mejor calza dentro de la casuística de invitación al desarrollo. La guerra alteró de manera drástica la percepción estadounidense y convirtió a Corea del Sur en una preocupación inmediata de seguridad global.9 La alianza inició como una relación de patronazgo asimétrico: Washington era el principal garante de la seguridad surcoreana y el patrocinador de su economía.9 Esta ayuda fue crítica para la reconstrucción ya que, solo después de la guerra, Corea recibió cerca de US$ 3.000 millones en asistencia económica; si se mira el período 1946-1976 completo, la ayuda económica y militar estadounidense supera los US$ 12.500 millones.10

Aunque al igual que en el caso alemán, reducir el milagro coreano a la ayuda externa sería un error. Aunque Corea del Sur recibió grandes cantidades de asistencia, esa ayuda no fue la clave de su industrialización después de 1960.3 El Estado nacionalizó el sistema bancario, dirigió crédito, subordinó a los conglomerados a metas de expansión productiva y, en los años setenta, empujó el complejo de industrias pesadas y químicas en parte por temor a una retracción del escudo estadounidense y a una mayor exposición frente al Norte.3 Corea confirma el argumento central de este artículo: la geopolítica amplió el margen; la política doméstica decidió cómo usarlo.

Taiwán ofrece quizá la versión más transparente del desarrollo por invitación como desplazamiento de la restricción externa. Un informe de los archivos del Banco Mundial sobre la ayuda estadounidense a la isla indicaba que, entre 1951 y 1965, las obligaciones anuales promediaron casi US$ 100 millones, equivalentes al 6,4% del PBI, al 34% de la inversión bruta y al 91% del déficit neto agregado de importaciones de bienes y servicios. El mismo documento señalaba que el objetivo implícito era alcanzar una alta tasa de crecimiento y la independencia económica en el menor tiempo posible, y que la alternativa de un programa más modesto ni siquiera fue considerada.11

Ese apoyo tampoco fue un acto puramente desarrollista. La invitación fue también geoeconómica: los países invitados accedieron a la posibilidad de exportar e importar insumos críticos con menor presión que la habitual en economías periféricas. Según el mismo informe del Banco Mundial, solo alrededor de un octavo de la ayuda a Taiwán podía justificarse ante el Congreso exclusivamente por motivos de desarrollo, mientras que el 63% correspondía a soporte de defensa. Además, Taiwán y otros países estratégicamente valiosos obtuvieron mejor acceso al mercado estadounidense sin tener que abrir recíprocamente sus propias economías, y que las preferencias norteamericanas pesaron en la transición taiwanesa hacia una estrategia exportadora.12 La ayuda, la seguridad y el mercado operaron en conjunto.

Lo decisivo es la regularidad del patrón. Alemania Occidental, Japón, Corea del Sur y Taiwán difieren en historia, escala y forma institucional, pero todos fueron países respecto de los cuales Estados Unidos entendió que la prosperidad capitalista no era un resultado deseable en abstracto, sino un activo estratégico concreto. Allí el desarrollo podía ser promovido, financiado, tolerado e incluso acelerado. Fuera de ese perímetro, la historia fue diferente.1,2


América Latina: entre la importancia hemisférica y la falta de invitación

América Latina formó parte de la estrategia estadounidense, aunque ocupó dentro de ella un lugar distinto del que tuvieron Europa occidental y Asia oriental. Después de la Revolución Cubana, la región adquirió una sensibilidad política mucho mayor para Washington. En este marco, la Alianza para el Progreso se inspiró en parte en el temor a que la existencia de un gobierno marxista en La Habana volviera más atractiva la opción comunista para otros países del hemisferio.13 Entre 1960 y 1964 la ayuda estadounidense a América Latina pasó de US$ 157 millones a US$ 989 millones, multiplicándose por cinco.13

La propia Carta de Punta del Este y los discursos de Kennedy mostraban un lenguaje de progreso acelerado, reforma social y modernización. Pero la bibliografía crítica sobre la Alianza para el Progreso recuerda que su función política era inseparable de la contención. En América Latina la Alianza operó sobre todo como instrumento de estabilización política y social, más que como una apuesta sostenida a una transformación productiva profunda del tipo de la que luego mostrarían varios países asiáticos.

América Latina podía ser importante para el orden hemisférico sin que eso implicara el mismo compromiso con su escalamiento industrial. A diferencia de la Europa devastada o de las fronteras calientes del Asia oriental, la región no concentraba para Washington la necesidad de demostrar, en cada caso nacional, que el capitalismo aliado podía derrotar al bloque comunista en su propio borde militar: bastaba con asegurar alineamiento político, estabilidad interna y un marco favorable a sus intereses. Incluso cuando Washington promovió programas de desarrollo, la modernización debía funcionar como antídoto frente a la radicalización, no como plataforma para construir poderes industriales relativamente autónomos.13,14

Y cuando el imperativo de orden pesó más que el de reforma, el historial latinoamericano de la Guerra Fría muestra hasta qué punto podían tolerarse —o impulsarse— soluciones autoritarias. Desde esa perspectiva, la región fue concebida muchas veces como un espacio a ordenar y disciplinar antes que como un conjunto de economías cuya escala productiva debiera ser impulsada de manera sistemática.1,14

Esto no significa que la región careciera de experiencias industriales relevantes. Las tuvo, y varias. La América Latina de 1940 a 1980 avanzó en procesos de industrialización importantes, especialmente en países grandes como Brasil, México y Argentina.15,16 Lo que faltó fue un entorno internacional equivalente al de los invitados. Cuando la región entró en la crisis de deuda y luego en las reformas promercado, lo hizo sin la red estratégica, financiera y comercial que había ayudado a consolidar a sus contrapartes asiáticas o europeas. Vista en perspectiva, la fórmula es simple: América Latina fue importante para Washington, pero no fue invitada a desarrollarse en términos comparables.15

 

El contraste puede hacerse más concreto. Taiwán y otros países en desarrollo estratégicamente valiosos mejoraron su acceso al mercado estadounidense sin abrir de inmediato y de manera recíproca sus propias economías.12 En cambio, los principales rubros exportadores argentinos siguieron enfrentando trabas en el mundo desarrollado: la protección agrícola estadounidense de los años cincuenta y la Política Agrícola Común europea desde 1962 dificultaron el acceso de una economía que competía justamente en esos mercados.17,24 Cuando llegó la crisis de deuda de los años ochenta, además, América Latina enfrentó una abrupta interrupción del financiamiento externo y una disciplina mucho más severa, a diferencia del paraguas geopolítico que había acompañado el ascenso de Asia oriental.25


Argentina: exclusión y daño autoinflingido

A diferencia de lo que sucedió en gran parte de América Latina, Argentina no fue una economía sin, o con escasas bases materiales. Su industrialización muestra un largo ciclo de expansión manufacturera entre 1930 y 1975, seguido por un quiebre en 1976 que abrió una fase de desindustrialización y estancamiento prolongado.16,26 En otras palabras, existió un proceso real de cambio estructural, con políticas, instituciones y debates propios. La Argentina no careció de trayectoria industrial sino de la imposibilidad de sostenerla y profundizarla en una dirección comparable a la seguida por los casos exitosos de Asia oriental y Europa occidental.

Conviene agregar algo más. El corte de 1976 no fue solamente económico. Coincidió con la instalación de la última dictadura militar, inserta en una secuencia regional de regímenes autoritarios inspirados en la doctrina de seguridad nacional y acompañada, con intensidades variables, por apoyos, tolerancias y coordinaciones estadounidenses frente a soluciones anticomunistas de fuerza.21,22,23 Eso no autoriza a reducir el proceso argentino a un diseño externo ni a minimizar el peso de su dinámica interna, pero sí obliga a inscribirlo en una secuencia regional marcada por la doctrina de seguridad nacional y la primacía del orden contrainsurgente. En América del Sur, a diferencia de Asia oriental, la prioridad geopolítica dominante fue el orden interno y la seguridad contrainsurgente, no la construcción de modelos industriales testigos del bienestar que podría traer el alineamiento.

La primera diferencia fue geopolítica. Argentina no era, para Washington, una potencia derrotada que hubiera que reconstruir para asegurar el equilibrio europeo; no era una península expuesta al comunismo armado; no era una isla cuya viabilidad capitalista debiera demostrarse contra una China hostil. Tampoco era un territorio cuya prosperidad industrial resultara necesaria para el dispositivo global de contención. En términos simples: Estados Unidos no necesitaba que Argentina se convirtiera en un Japón, una Corea del Sur o una Taiwán del Atlántico Sur.1,2

La segunda diferencia fue económico-estructural. Un informe del Departamento de Agricultura de Estados Unidos de 1957 definía a la Argentina como competidora de la agricultura estadounidense en los mercados mundiales y subrayaba que su estructura agraria se parecía más a la norteamericana que la de cualquier otro vecino sudamericano.17 Ese dato no alcanza para sostener una lectura conspirativa del subdesarrollo argentino, aunque sí permite entender que la relación bilateral distaba de apoyarse sobre la complementariedad económica. Allí donde Corea del Sur o Taiwán podían ser funcionales como bastiones manufactureros y de seguridad, Argentina aparecía también como competidor en rubros primarios estratégicos, además de enfrentar mercados agrícolas desarrollados fuertemente protegidos.17,24

Eso importa porque uno de los mecanismos del desarrollo por invitación fue precisamente el desplazamiento de la restricción externa. Los países invitados accedieron a dólares, importaciones críticas, seguridad y mercado. Taiwán, por ejemplo, mejoró su acceso al mercado estadounidense sin tener que abrir de inmediato el propio, y además recibió ayuda económica en una escala extraordinaria.11,12 Argentina no contó con nada equivalente en escala o en lógica. Debió financiar su desarrollo con un balance externo mucho más duro y, por lo tanto, con una vulnerabilidad mucho mayor a los ciclos de escasez de divisas. Cuando el financiamiento externo se cortó en América Latina, la región enfrentó disciplina y ajuste; no una red estratégica pensada para sostener su transformación productiva.25

Incluso aceptando la restricción externa, si la Argentina hubiese logrado sostener después de 1976 ritmos de crecimiento y transformación productiva más próximos a los que había mostrado antes del quiebre, su trayectoria no habría sido incompatible con un desempeño razonable en términos comparados.15 Por eso, el deterioro posterior no debería leerse como una consecuencia automática de la posición subordinada del país en el orden internacional, ya que también existió un margen interno considerable que fue desaprovechado.

Reconocer esa desventaja estructural no exime a la política doméstica de sus responsabilidades en la deriva posterior. Y aquí 1976 vuelve a ser decisivo. A diferencia de las dictaduras anteriores surgidas desde 1955, que conservaron componentes desarrollistas o industrializadores, la última dictadura quedó asociada al avance de la fracción liberal dentro de las Fuerzas Armadas y del bloque de poder.18 Así, la apertura, el manejo del tipo de cambio y la reforma financiera no respondían solo a una preferencia doctrinaria por el mercado: buscaban también reducir el margen de protección de la industria, disciplinar a los trabajadores y quebrar la trama de alianzas que había sostenido al desarrollo industrial orientado al mercado interno.19 La represión sobre sindicatos, delegados y organizaciones obreras fue parte de ese reordenamiento, y no un fenómeno separado de él.20

La comparación con Brasil y México ayuda a ubicar ese punto. Ambos países también enfrentaron límites externos, deuda y reformas posteriores que truncaron trayectorias prometedoras.15 En consecuencia, no se trató de un problema exclusivamente argentino, aunque en el caso local adoptó una forma particularmente aguda por la reiteración de giros bruscos, desorganización monetaria y pérdida de horizonte estratégico. En términos de economía política, Argentina sufrió a la vez por ausencia de patrocinio geopolítico extraordinario y por incapacidad propia para construir una respuesta estable a esa ausencia.

En esa perspectiva, el contraste entre Argentina y los países invitados sirve también para discutir una confusión frecuente entre desarrollo y apertura. La Argentina, a diferencia de los casos exitosos, alternó entre ensayos de industrialización con restricciones externas severas y aperturas que a menudo desorganizaron capacidades productivas sin resolver la vulnerabilidad externa de fondo.15,16


Conclusión

La Guerra Fría dejó una enseñanza incómoda para las narrativas más convencionales del desarrollo. La comparación entre políticas económicas nacionales resulta insuficiente cuando se omite que los países atravesaron la Guerra Fría bajo condiciones estratégicas profundamente desiguales. La estructura de poder internacional importó de manera directa. Algunos países fueron considerados demasiado importantes como para fracasar; otros, no. En los primeros aparecieron seguridad, financiamiento, acceso a mercado y tolerancia estratégica. En los segundos, esas condiciones fueron mucho más débiles o directamente inexistentes.

La noción de desarrollo por invitación resulta útil porque permite escapar tanto de la ilusión liberal que atribuye todo a la calidad de las instituciones internas como de la lectura victimista que pretende explicar por completo las trayectorias nacionales a partir del factor externo. Japón, Corea del Sur, Taiwán y Alemania Occidental no se desarrollaron solo porque Estados Unidos los ayudó. Lo hicieron porque combinaron una oportunidad geopolítica excepcional con Estados capaces de organizar aprendizaje, inversión, disciplina y escalamiento productivo.

América Latina, en cambio, fue estratégica en otro sentido. La región tuvo importancia para la seguridad hemisférica y para la contención política del comunismo, aunque no recibió un patrocinio equivalente al que obtuvieron los aliados estratégicos de Asia oriental y Europa occidental. Cuando el péndulo regional osciló desde la promesa reformista de la Alianza para el Progreso hacia la lógica de la seguridad nacional y el disciplinamiento político, la prioridad ya no fue escalar productivamente a la región, sino mantener orden, alineamiento y control.

En ese marco, Argentina ocupó un lugar particularmente problemático. La Argentina no fue una economía sin potencial ni una sociedad incapaz de industrializarse. Tuvo recursos, mercado interno, capacidades y una experiencia manufacturera considerable.16 Pero no fue objeto de una promoción geopolítica comparable a la de los casos invitados y, además, en 1976 sufrió un quiebre interno de signo regresivo: el pasaje desde una trayectoria con componentes desarrollistas hacia un programa de liberalización financiera, apertura y represión social que dañó el propio entramado industrial.

La consecuencia práctica de esta lectura es menos cómoda que los relatos unidireccionales. Para países no invitados, desarrollarse exige más que buenas políticas sectoriales: exige construir escala, autonomía relativa, integración funcional y capacidad para negociar mejor su inserción internacional. También exige entender que el sistema internacional no distribuye del mismo modo mercado, crédito y tolerancia regulatoria. Mientras algunos aliados pudieron protegerse, endeudarse o recibir ayuda bajo paraguas estratégico, otros enfrentaron restricciones, mercados cerrados o disciplina externa mucho antes de consolidar su salto productivo.

Si se acepta esa lectura, la conclusión fuerte y la conclusión matizada pueden convivir. La conclusión fuerte es que la geopolítica fue decisiva para el desarrollo diferencial de la Guerra Fría. La conclusión matizada es que esa geopolítica nunca reemplazó la necesidad de Estado, estrategia y consistencia doméstica. En el caso argentino, el problema surgió de la combinación entre una posición internacional menos favorecida y un quiebre interno especialmente destructivo desde 1976, sin que eso pueda reducirse ni a un complot omnipotente ni a una mera falla moral nacional. Allí se cerró, al menos por varias décadas, la posibilidad de convertir capacidades reales en una trayectoria sostenida de desarrollo.

Referencias

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