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La participación argentina en la Guerra del Golfo: política exterior, reordenamiento interno y lógica de alineamiento

  • Foto del escritor: Mg. Nicolas E. Salvoni
    Mg. Nicolas E. Salvoni
  • 22 mar
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 4 abr

Por Mg. Nicolás E. Salvoni

Durante las últimas semanas, a raíz de las declaraciones del canciller Pablo Quirno sobre una eventual participación argentina en el actual conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, volvió a mencionarse un antecedente con el que algunos intentaron establecer una analogía: la participación argentina en la Guerra del Golfo de 1990-1991. En este mismo espacio ya nos hemos referido a las diferencias entre aquella intervención y el conflicto que hoy tiene lugar en Irán.

Sin embargo, para ordenar mejor el análisis, resulta pertinente precisar en qué consistió la iniciativa adoptada en 1990 y cuáles fueron las motivaciones del gobierno argentino para impulsar un giro de esa naturaleza en una tradición diplomática históricamente asociada a la neutralidad.

La participación argentina en la Guerra del Golfo constituyó uno de los movimientos más significativos de la política exterior del gobierno de Carlos Menem. No solo por su carácter inédito dentro de la tradición diplomática argentina, sino también porque condensó un cambio más amplio en la forma de concebir la inserción internacional del país. La decisión de enviar fuerzas al conflicto no respondió a una única causa ni puede explicarse solamente como un gesto de subordinación hacia los Estados Unidos.

En este sentido, creemos que debe analizarse como el punto de encuentro entre una situación doméstica crítica, la reconfiguración del orden mundial tras el fin de la Guerra Fría, la necesidad de resolver la cuestión militar y la voluntad del Poder Ejecutivo de utilizar la política exterior como herramienta de reordenamiento político.


El contexto interno

El contexto interno en el que Menem llegó al gobierno resulta decisivo para comprender esta política. La Argentina atravesaba una etapa de hiperinflación, deterioro económico, endeudamiento y fuerte descomposición social. En ese marco, la nueva administración asumió con una prioridad inmediata: restablecer condiciones mínimas de estabilidad y reconstruir capacidad de gobierno. La política exterior pasó entonces a cumplir una función instrumental.

Ya no se trataba únicamente de administrar vínculos diplomáticos, sino de ponerlos al servicio de un objetivo más amplio: favorecer la reinserción internacional del país, mejorar la relación con los centros de poder del sistema y fortalecer las condiciones externas necesarias para la reestructuración económica.

Desde esa perspectiva, el acercamiento a Washington no fue un mero reflejo ideológico, aunque naturalmente tuvo también una dimensión doctrinaria. Fue, sobre todo, una decisión estratégica tomada por un gobierno que entendía que el desarrollo económico, la apertura externa y la estabilización interna requerían una relación privilegiada con la potencia que emergía como actor dominante del sistema internacional.

La redefinición del interés nacional quedó así asociada a una lógica de reinserción en la economía global, de captación de inversiones y de alineamiento con el nuevo centro de gravitación mundial.


El nuevo orden mundial

La finalización de la Guerra Fría reforzó este diagnóstico. Con la caída del bloque soviético y el ascenso indiscutido de Estados Unidos, el sistema internacional ingresó en una etapa de unipolaridad que redujo notablemente los márgenes de ambigüedad estratégica para muchos Estados periféricos.

En ese nuevo escenario, el conflicto desencadenado por la invasión iraquí a Kuwait fue interpretado por Washington como una prueba del orden emergente y de la capacidad de la potencia vencedora para organizar coaliciones bajo su liderazgo. La administración Menem leyó la coyuntura como una oportunidad para exhibir confiabilidad política, abandonar la tradicional prudencia argentina en conflictos extrarregionales y presentar al país como un socio dispuesto a acompañar las reglas del nuevo sistema.

Allí radica uno de los rasgos más importantes del episodio: la intervención argentina en el Golfo operó como señal de ruptura con una histórica inclinación a la neutralidad. En ese sentido, no fue un hecho aislado, sino una pieza coherente dentro de un cambio de orientación más profundo.

El gobierno buscó modificar el perfil externo del país y dejar atrás una política exterior errática, a veces cautelosa y a veces ambigua, para reemplazarla por una lógica de alineamiento explícito con la potencia hegemónica. Esa redefinición no apuntaba solo a obtener reconocimiento político internacional, sino también a construir una nueva imagen de la Argentina como actor previsible, cooperativo y funcional al esquema de poder surgido tras la Guerra Fría.

Sin embargo, limitar el análisis a la dimensión estrictamente internacional resulta insuficiente. Una de las variables más relevantes del caso es la relación entre esta política exterior y la necesidad de encauzar la cuestión militar en la Argentina democrática.


La cuestión militar

El gobierno de Raúl Alfonsín había enfrentado serias dificultades para estabilizar definitivamente el vínculo entre el poder civil y las Fuerzas Armadas. Menem heredó una estructura militar golpeada por la derrota de Malvinas, profundamente desprestigiada ante buena parte de la sociedad por su responsabilidad en el terrorismo de Estado, pero todavía capaz de incidir sobre la dinámica política. Resolver ese problema era una condición necesaria para consolidar el nuevo ciclo político.

La estrategia del menemismo frente a las Fuerzas Armadas combinó distintas dimensiones. Por un lado, avanzó en la subordinación política de los mandos y en una reducción significativa del peso económico e institucional del aparato militar. Por otro, necesitó redefinir el papel que esas fuerzas debían cumplir en la nueva etapa.

Una vez descartadas las viejas hipótesis de conflicto con los países vecinos y erosionada la legitimidad de cualquier pretensión tutelar sobre la política interna, resultaba necesario ofrecer un nuevo marco de función y sentido. En ese punto, la participación en coaliciones internacionales, las misiones de paz y las actividades de cooperación externa comenzaron a presentarse como instrumentos aptos para reorientar profesionalmente a las Fuerzas Armadas y alejarlas de su histórico papel doméstico.

La participación en la Guerra del Golfo debe leerse también en esa clave. El envío de unidades navales no solo implicaba acompañar a Estados Unidos, sino contribuir a la construcción de una nueva función militar compatible con el orden democrático y con la inserción internacional que buscaba el gobierno. Para la Armada, además, la operación ofrecía experiencia concreta en un teatro real junto a una coalición liderada por la mayor potencia militar del sistema.

Ese componente de profesionalización, entrenamiento y comparación operativa no fue menor dentro del razonamiento oficial. La política exterior y la política militar, en este caso, no marcharon por carriles separados: formaron parte de una misma lógica de reordenamiento.

 

La cuestión institucional y los costos políticos

El modo en que el menemismo resolvió la cuestión militar incluyó decisiones severamente cuestionables, en especial en el plano institucional. El problema, por lo tanto, no reside tanto en advertir que existía una necesidad de redefinir el vínculo entre democracia y Fuerzas Armadas, sino en examinar críticamente los instrumentos empleados para alcanzar ese objetivo.

Si se quiere formular una crítica de fondo a esta política, probablemente deba colocarse allí antes que en una simple constatación de que no hubo ganancias económicas directas equivalentes a las expectativas iniciales.

También debe incorporarse la dimensión política del proceso de decisión. La participación en el Golfo no fue una medida consensuada ni pacífica. Existieron resistencias partidarias, cuestionamientos opositores y reparos en sectores que veían en la decisión una ruptura innecesaria con tradiciones diplomáticas previas o una concesión excesiva ante Washington. Incluso en el plano regional, la política generó incomodidad, especialmente por la ausencia de consultas previas a otros países del Cono Sur.

Esa resistencia revela que la decisión no puede entenderse como el resultado automático de una estructura internacional dada, sino como una elección políticamente disputada que el Ejecutivo decidió empujar aun a costa de asumir costos internos y externos.


Los modos de ejercer el poder que modelarían a toda una década

En este punto aparece otra dimensión central del caso: el personalismo decisorio del menemismo. La política hacia el Golfo expresó no solo una preferencia internacional, sino también un modo de ejercer el poder. Menem utilizó la política exterior como un ámbito privilegiado para proyectar autoridad presidencial, mostrar capacidad de iniciativa y fijar un rumbo sin quedar excesivamente condicionado por objeciones partidarias o institucionales.

La participación en el conflicto fue, en ese sentido, una decisión geopolítica, pero también una demostración de mando. El envío de tropas operó como señal externa de alineamiento y como señal interna de conducción.


Balance y conclusiones

El balance de la política exige cierto grado de diferenciación. Si se la evalúa exclusivamente en términos de beneficios económicos directos, especialmente en relación con las expectativas ligadas a la reconstrucción de Kuwait, los resultados fueron limitados. Allí hubo, sin duda, una sobreestimación. Pero si se amplía el foco y se incorporan los distintos niveles de análisis que estructuran este argumento, el cuadro cambia.

La decisión sí resultó funcional al objetivo de consolidar un nuevo patrón de inserción internacional, fortalecer el vínculo con Estados Unidos, proyectar una imagen de confiabilidad externa y contribuir al proceso de redefinición del rol militar dentro del orden democrático argentino.

Por eso, reducir este episodio a la fórmula del “alineamiento automático” resulta analíticamente pobre. Hubo alineamiento, desde luego, y además deliberado. Pero también hubo cálculo político, racionalidad estratégica y utilización de la política exterior como instrumento para intervenir sobre problemas domésticos concretos.

La Guerra del Golfo funcionó como un escenario externo sobre el cual el gobierno proyectó una agenda interna: estabilización, reposicionamiento, disciplinamiento y reconfiguración institucional. El valor del caso reside justamente en mostrar hasta qué punto la política exterior puede operar como prolongación de una estrategia de poder hacia adentro.

En términos más generales, la participación argentina en la Guerra del Golfo puede entenderse como una de las expresiones más acabadas del giro menemista en política exterior. Un giro que no se agotó en la cercanía con Washington, sino que supuso una redefinición más profunda del lugar que la Argentina pretendía ocupar en el mundo, del modo en que su dirigencia concebía el interés nacional y del vínculo entre inserción internacional y reorganización del orden interno.

En ese marco, la decisión aparece menos como un gesto aislado y más como una jugada integral, coherente con la lógica política del período.

Mi impresión, llevada a una formulación más depurada, sería la siguiente: la participación argentina en la Guerra del Golfo fue una política racional dentro del esquema estratégico del menemismo, eficaz para varios de los objetivos que el gobierno se proponía, pero discutible en sus métodos, en sus costos institucionales y en la lógica de subordinación sobre la que se apoyaba.

Su interés analítico no reside en decidir si fue correcta o incorrecta en abstracto, sino en comprender qué tipo de proyecto de país expresaba y qué relación establecía entre política internacional, poder presidencial y reordenamiento interno.


Referencias: El artículo es un resumen de un trabajo previo que puede ser consultado en Academia.edu/nicosalvoni

 

 
 
 

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