Tambores de guerra en el Amazonas (Octubre 2025)
- Mg. Nicolas E. Salvoni

- 30 oct 2025
- 3 min de lectura
El conflicto entre Colombia y Perú que pone en riesgo la paz en Sudamérica.

En un contexto internacional cada vez más reactivo e impredecible, Sudamérica, que durante las últimas décadas gozó de relativa calma en materia de conflictos internacionales, se ve sorprendida por el resurgimiento de tensiones que se consideraban saldadas hace casi un siglo. Específicamente nos referimos al diferendo entre Perú y Colombia en torno a la isla Santa Rosa, conflicto cuya raíz histórica remite a la definición del Trapecio Amazónico en los años veinte del siglo pasado.
En 1922 se firmó el Tratado Salomón-Lozano, ratificado en 1927, que delimitó las fronteras actuales entre Colombia y Perú. Allí se estableció que la frontera seguiría el cauce principal de los ríos Amazonas y Putumayo, otorgando a Colombia acceso soberano a la cuenca amazónica con puerto en Leticia. El tratado fue profundamente impopular en Perú, lo que dio lugar a la guerra colombo-peruana (1932–1933).
Para Perú, una victoria significaba revertir la cesión de 1922 y afianzar su soberanía amazónica; para Colombia, perder Leticia implicaba quedar bloqueada del Amazonas. Tras meses de escaramuzas, en mayo de 1933 se firmó un armisticio, consolidado al año siguiente por el Protocolo de Río de Janeiro (1934), que ratificó lo pactado en 1922 y dio forma definitiva al Trapecio Amazónico.
¿Por qué resurgen las tensiones?
Tras la firma de aquel protocolo, la sedimentación y el desplazamiento del cauce amazónico dieron origen a nuevas formaciones insulares no contempladas en la cartografía de la época, entre ellas, la isla de Santa Rosa. Esta cuenta con unos 3.000 habitantes y limitada infraestructura, y desde su conformación fue administrada por Perú como parte del distrito de Ramón Castilla, hasta su elevación a distrito propio en julio de 2025, en plena escalada del conflicto.
Perú reivindica que Santa Rosa forma parte de la histórica isla Chinería, ya reconocida como peruana en 1927; Colombia sostiene que se trata de una isla posterior a la demarcación, cuya soberanía debe definirse bilateralmente en la COMPERIF, organismo creado en 1986 con el fin de verificar, mantener y resolver técnicamente cuestiones de demarcación y cambios naturales en la frontera.
El conflicto resurgió el 8 de julio de 2024, cuando el diplomático colombiano Diego Cadena afirmó que Perú ocupaba irregularmente la isla, lo que provocó una nota de protesta de Lima.
La tensión escaló en 2025 con la creación del distrito de Santa Rosa de Loreto, las acusaciones del presidente Gustavo Petro de “apropiación” territorial y episodios de alto voltaje simbólico y operativo (sobrevuelo militar, izamiento de bandera, detención de técnicos colombianos y la visita de Dina Boluarte, expresidenta del Perú, a Santa Rosa).
Colombia interpreta la creación del distrito como la formalización de una apropiación peruana y ve en ello un riesgo práctico: que el cauce principal del Amazonas se consolide del lado peruano y Leticia pierda acceso operativo al canal navegable, aunque jurídicamente su soberanía no está en disputa.
¿Cuáles son las alternativas de resolución?
Dejando de lado la resolución por la vía militar, que constituiría un retroceso histórico en las relaciones de la región, existen alternativas basadas en el derecho internacional que ya fueron aplicadas en el pasado en la región y que podrían constituir medios pacíficos de resolución.
En el mejor escenario, ambos países podrían reactivar la COMPERIF con mandato técnico, realizar estudios hidrológicos y obras de dragado que preserven el acceso colombiano al canal principal sin menoscabar los derechos peruanos. Esta salida requiere de voluntad política —pareciera— hoy ausente.
De no haber acuerdo, el caso podría remitirse —como ya se ha hecho en el pasado en la región— a un arbitraje ad hoc o a la Corte Internacional de Justicia (CIJ), aunque solo si ambos países aceptan expresamente su jurisdicción.
Fuera cual fuere la resolución del conflicto, lo rápido que ha escalado y la falta de voluntades para una resolución pacífica constituyen un llamado de atención para todas las naciones del continente. Las fronteras son espacios arbitrarios y, por lo tanto, dinámicos. Tanto las históricas relaciones de paz como la diplomacia pueden volverse gigantes de barro en un mundo cada vez más realista donde el músculo militar se vuelve a constituir como garante esencial de la soberanía.


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